EL PARÁSITO MÁS HORRIBLE: LA AMEBA COMECEREBROS

Naegleria fowleri, conocida coloquialmente como ameba “comecerebros”. ¿Suena horrible, no? Pues tal y como su nombre indica este microbionte del tamaño de una célula es capaz de comerse tu cerebro y consecuentemente matarte. Parece sacado de una serie de terror y ficción, pero este horrible ser habita en ríos, lagos, aguas termales y, si no se cuidan adecuadamente, puede acabar en tuberías, piscinas y jacuzzis.

Estaréis pensando que tiene que entrar en el cuerpo de una manera épica, a través de un corte con una barra oxidada en una planta nuclear, pero no, con que un poquito de agua entre en ti cavidad nasal, este bichejo puede empezar su plan de acción.

Adentrémonos en lo que pasa exactamente dentro del cuerpo humano cuando por fin entra el microorganismo. La cavidad nasal está recubierta de químicos que matan posibles infecciones, pero la Naegleria Fowleri pasa por ahí como si estuviese por su casa. Según se adentra más, es inspeccionado por células del sistema inmunitario, pero esta bacteria pasa totalmente desapercibida. La bacteria está viajando por dicha cavidad nasal sin rumbo alguno, sin embargo es entonces cuando la acetilcolina, neurotransmisor usado por las células del nervio olfativo, capta su atención. Nuestro cuerpo tiene el plato favorito de esta bacteria y no exactamente poca cantidad. La Naegleria Fowleri comienza a seguir el rastro de esta sustancia hasta que acaba en el cerebro, superando cualquiera de tus defensas inmunitarias que la hayan atacado. Una vez ya haya llegado a la fuente rica en acetilcolina, la bacteria sufre una mutación fisiológica en la que provoca que aparezcan por todo su cuerpo una serie de “bocas” llamados poros de succión.

Con todo preparado la bacteria comecerebros comienza a darse el festín de su vida, empieza a engullir las indefensas neuronas del cerebro y a dividirse. Es en este momento cuando empiezan aparecer la mayoría de síntomas; dolor de cabeza, fiebre, vómitos, etc. Como con el resto de infecciones, el cuerpo humano tiende a subir las temperaturas para reducir la movilidad y matar a las bacterias. Sin embargo, este organismo se aprovecha de estas condiciones supuestamente adversas. Llegados a este punto ya nada se puede hacer, el cerebro se empieza a inflar y calentar hasta que llega un momento en el que, por la presión del cráneo y el dolor continuo, el sistema nervioso se rinde y el organismo perece. El paciente muere entre tres días o dos semanas después de la infección.

Esta bacteria es tan sumamente resistente a nuestro sistema inmune que no se puede hacer prácticamente nada al respecto. El 97% de los individuos que son infectados mueren, y no hay tratamiento que se haya desarrollado hasta el momento para combatirla.

Vale, admito que suena bastante mal. La mayoría de lectores estaréis pensando ahora mismo que no queréis volver a tocar una piscina en vuestra vida, pero tampoco hace falta ser tan melodramáticos. Primero, el agua contaminada con la bacteria tiene que llegar suficientemente arriba de tu cavidad nasal para suponer un problema y tiene que verse atraída por el acetilcolina de tú cerebro. Además, tiene que superar la mayoría de barreras que impone tu sistema inmunitario (que es el segundo más desarrollado en tu cuerpo y tiene una biblioteca infinita de armas) de camino a ahí. Por último, hay más muertes al año por caídas de coco que por esta bacteria. A si que no tengáis miedo ni asco a las aguas estancadas, solo preocuparos que en las que os metáis estén reguladas y limpias 🙂

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