Cap 3. FUEGO Y CENIZAS

La noche se cernió sobre el mundo, sobre rocas, árboles, cielo y estrellas, sobre lucidez y locura. El crepúsculo oculta las negras figuras que se recortan contra el fuego; aún ahora tratan de olvidar. Han arrancado el espíritu del cuerpo, cometido sacrilegio, matado a semejantes. Ahora, estos parecen emulan el silencio que han creado, un silencio lleno de tristeza, aprensión y pena. El claro, rodeado de espesa maleza y helechos es iluminado por un fuego que desafía a la oscuridad, mostrando con luz tenue los rostros de aquellos que callan y temen a la noche, fundirse con ella, adentrarse definitivamente en la oscuridad que sus manos, ojos y olfato han sentido: la oscuridad de la muerte.

Pesa la sangre en el claro, las almas; los huesos y carne. Todos ellos, sombras, hundidos en sus mentes como plomo en infinitas profundidades. Se escuchan gritos en el claro, la tela desgarrada, llantos, súplicas y finalmente, silencio. Se oye el crepitar del fuego, al viento, que parece susurrar eternas maldiciones desde la oscuridad. Una de las figuras se eleva y mira con ojos incandescentes al fuego con una mirada de odio, venganza y decisión. —¡Vamos hombres!— dijo con voz fuerte—¡Levantad las cabezas! ¡La victoria es nuestra!¡Hemos vencido!— miró a sus compañeros uno a uno. —No…— contestó una de las sombras tenuemente —Solo hemos derramado sangre inocente… Ese niño… Aquel que lloraba sobre el cadáver de su madre me pidió… ¡Pidió que le matase!— Levantó la vista al cielo, tratando de encontrar a aquel niño en el firmamento. Tras unos segundos la bajó con una sonrisa tensa y triste. —Nada hemos logrado sino mancillar nuestro espíritu, un silencio que nos perseguirá el resto de nuestras vidas—.

La figura se irguió aún más, tensando todos los músculos de su cuerpo. Tras esperar unos breves instantes, se acercó hasta tener la cara de aquel hombre a escasos centímetros: —La muerte es algo natural, todos nosotros estamos destinados a morir, tan sólo hemos cumplido con su destino, el designio de los dioses—. Dijo suavemente mientras señalaba al cielo nocturno—¿Alguien puede acaso negarlo?— De nuevo miró en derredor: silencio. —La naturaleza es vida y es muerte, la supervivencia: la lucha entre el débil y el fuerte. Nunca lo olvidéis: sólo sobrevive aquel que juega según sus normas. Aquel que lucha contra ella, acaba siendo reclamado por los espíritus, por los mismos que nosotros hoy hemos hecho yacer—.

De nuevo se oyó una voz entre las sombras: —¿Osas acaso afirmar poder juzgar y entender los designios de los dioses?—un tenso silencio arropó el claro—¿Acaso es el destino de una criatura no nata morir sin conocer el calor de su madre?¿Cuál es pues su cometido?¿Crear dolor?¿Puedes quitar una vida en paz diciendo: es el “designio” de los dioses, solo por una estúpida venganza?… No. Eso es tan falso como que yo no me arrepiento de cada vida que he arrebatado en este maldito día—. Dicho esto cayó y se hundió de nuevo en el silencio.

El hombre se acercó y se arrodilló frente a él en silencio mientras posaba la palma derecha sobre su hombro. Transcurrieron unos cuantos segundos hasta que empezó a hablar: —No entiendo a los dioses ni pretendo hacerlo jamás, pero he aquí que todo lo realizado no es por mi venganza: ¡Es por el honor y bien de la tribu! Ellos nos robaron a Freya. Abak, ese ser inmundo la raptó, huyó y se refugió con los traidores. ¡Tuvo hasta una hija con ella! Esa tribu mancilló nuestro nombre y orgullo dando refugio a un desterrado, ¡Incluso tuvieron la osadía de nombrarlo su líder! Seamos realistas: Abak solo esperaba reunir fuerzas para atacarnos por la muerte de Freya, para acallar nuestra voz. Era un peligro y la tribu entera con él al frente.— Hemos de velar por nosotros, por nuestra supervivencia—¿Acaso queréis convertiros en los muertos?— rugió—¿Acaso deseáis la muerte de vuestra tribu?

Tras un corto silencio, la primera voz de nuevo salió de la oscuridad—No Quelog, no la deseamos, ni mucho menos, yo te creí y te seguí, ¡Todos lo hicimos!—Señaló con los brazos al claro— Pero todo este dolor ¿Para qué ha servido? Hemos perdido a tres compañeros y ni siquiera tenemos la certeza de que Abak se encuentre muerto. Además, La tribu no parecía preparada para la guerra, de hecho, recibieron a nuestros exploradores de buena gana. Y luego: esa mujer de hace un rato… ¿Esa última muerte era realmente necesaria Quelog? ¿En serio crees aún que iban a atacarnos?

Quelog sintió un ardor que le dominó el cuerpo y la mente: —¡Era una estratagema!—gritó—¿Acaso crees que iban a desvelarnos su plan, o mucho menos contárnoslo si hubiésemos preguntado?¿Lo hubiese hecho ella?—preguntó irónicamente, mirando a los ojos al hombre— Abak es astuto, sibilino, bien lo sabéis todos, ¡Rebatídmelo a mí, Quelog, jefe de clan, primo y antes amigo de aquel monstruo!, este mal necesario solo preserva el futuro de la tribu y su orgullo. Con él muerto, nuestra venganza estará colmada, con él pasto de los gusanos descansaremos en paz, solo con él en el mundo de los espíritus, de donde nunca debió salir—. De nuevo reinó el silencio en el claro, todos los rostros miraron de vuelta hacia las llamas. Quelog, tras acabar y comprender que en esa noche no obtendría una respuesta satisfactoria de sus hombres dejó su discurso y ocultó su cara de la luz del fuego, ya que por ella caían las lágrimas—No puedo mostrarme débil… Mucho menos ahora— Dijo mientras miraba a la Luna con ojos desafiantes. —Abak, si me escuchas, puede que hoy has vuelto a huir de mis manos, de las garras de la muerte… ¡Pero te encontraré, miserable traidor!

Amaneció despejado, más con alguna nube en el firmamento que de momento no parecía presagiar mal tiempo. Sin embargo, todo el grupo presentía que se avecinaba la tormenta; unos la esperaban, casi pretendiendo limpiarse con esa sagrada agua caída del cielo, otros la temían, pues significaba el enfado de los dioses. Quelog puso en marcha la procesión con los primeros rayos de Sol, tratando así de perder el mínimo tiempo de luz posible. Tal era su deseo de abandonar ese lugar que decidió no parar hasta la comida, parando ya cerca de la cumbre de las montañas que rodeaban y delimitaban aquel precioso pero sin embargo nefasto y odioso Valle del Sol. Comieron copiosamente sus reservas de comida y reanudaron la marcha, no queriendo el grupo dilatar su estancia en tal oscuro paraje. Al llegar a la cima el viento, la comida y el aire reanimaron al grupo, que solo ahí empezó a bromear, rompiendo aquel silencio que el valle parecía haberles impuesto. Contento de ver a sus hombres más alegres y liberado de aquel aura pesimista provocada por el valle, Quelog se sumó a las bromas de buen gusto, olvidando estos hombres aunque solo fuese por un momento su melancolía.

El día continuó soleado, alejándose las nubes de ellos gracias a un repentino cambio de viento que la tropa recibió con entusiasmo, creyendo que se trataba de un buen presagio. Por otro lado la temperatura era agradablemente cálida tras aquel crudo invierno que dejaban atrás. Cantaron canciones de marcha, hablaron de minucias, discutieron sobre caza y sobre quién haría guardia esta noche, puesto que tras la noche anterior, todos y cada uno de ellos se encontraban agotados. Incluso Quelog no pudo evitar olvidarse de Abak. Ya no sería una amenaza, pensaba. ¿Que va a hacer un solo hombre contra él, contra toda una tribu?, ahora que lo pensaba, mejor que siguiese vivo, escarmentado, arrepentido y marginado, como siempre debió estar. Comunicó esto en la cena al grupo, que definitivamente recuperó la moral al ver a su jefe satisfecho, sabiendo además que su labor, por amarga que hubiese resultado, estaba finalmente acabada.

Quelog, conforme se acercaba a su hogar recuperó del todo aquella mirada risueña y esa broma fácil que siempre tenía preparada ante cualquier ocasión, su pelo negro parecía más brillante Incluso su rostro pareció perder edad. La moral del grupo solo mejoró a partir de ese punto. Definitivamente ya no había sombra ni oscuridad en ellos. Volvían a casa. Una semana más tarde debido a los retrasos por la comida y los rodeos que les evitaron los pasos peligrosos por fin avistaron un humo y un bosque que reconocían como suyo. El Sol brilló sobre aquella meseta rodeada de escarpadas montañas, protegida de los vientos del norte, brilló sobre el ancho río que cruzaba aquel bosque con presteza hacia aquella ensenada donde se encontraban las pozas, tan refrescantes en verano. Los abetos parecieron recibirlos sacudidos por una suave brilla matutina. Incluso algunos árboles de hoja caduca parecieron darles la bienvenida con sus capullos a punto de florecer. Olía a fresco, a primavera, olía a familia.

El grupo se adentró por las pozas, la zona sur del valle, ya que pese a tener que dar un ligero rodeo era el cruce más seguro: nadie quería que nadie más faltase. Al acercarse ya por el bosque se encontraron con el primer rostro conocido, que inmediatamente volvió al campamento para preparar la bienvenida. Entraron pues al campamento recibidos con los vítores de las mujeres y los niños del campamento, que corrían alrededor suyo persiguiéndose y riendo a carcajadas. El grupo pronto se dispersó para reunirse con sus familias, todos menos las familias de los tres compañeros caídos, que afrontaron su partida con dignidad. Quelog, como jefe y responsable de la partida lo anunció personalmente a las familias, dándoles uno de los objetos que distinguían a su tribu: una pulsera que representaba el espíritu protector del guerrero.

Acabados los formalismos, Quelog enfiló directamente hacia su esposa, que esperaba pacientemente con su hijo pequeño, Robko. Sonriendo extendió los brazos mientras su hijo corría a sus brazos—Ya estoy en casa, pequeño—. Dejó a su hijo en el suelo y abrazó calurosamente a su mujer.—Ah, Sulei, por fin se acabó—dijo hundiéndose en una sensación de ligereza y curiosamente de libertad. Se separó y ambos se miraron pasionalmente—Bienvenido Quelog, bienvenido de vuelta—Quelog sintió de repente como el cansancio del viaje se acumuló en su cuerpo, sintió como sus músculos se relajaban ante los sonidos familiares: el viejo chamán discutiendo con el pescador, el ceramista con su esposa y el sonido de su hijo correteando con los demás niños del campamento. Los párpados le pesaron y se disculpó ante su mujer, que le respondió con una sonrisa cariñosa. Una vez en su tienda, extendió el lecho y se acostó con calma. Mientras lo hacía observó una pintura en la pared de piel: —Abak, porqué…—dijo de forma inconsciente. Sacudió la cabeza y se puso cómodo: el pasado no lo iba a atormentar más, y menos Abak.

Sulei se alejó de la tienda para no molestar el sueño de Quelog. Por fin parecía que encontraba descanso. Parecía hasta más joven, el viejo y verdadero espíritu de Quelog parecía que se había reconciliado consigo mismo. Hacía mucho que no veía a ese hombre tal y como lo conoció: una tez clara que remarcaba los oscuros e intensos ojos marrones, que parecían brillar en todo momento, estos ojos venían acompañados por unas cejas espesas que a primera vista daban la apariencia de estar siempre pensando. Tenía la cara algo cuadrada para su gusto, además de su nariz, que, aunque bonita, estaba algo estropeada desde que se rompió el tabique en una cacería, sin embargo, su sonrisa arreglaba este defecto, cálida y amigable estaba acompañada de una boca bien proporcionada de labios gruesos. Tenía pues una cara bien proporcionada y agradable. Antes llevaba también una larga barba, pero desde el incidente con Freya se la había cortado como castigo y penitencia. Le pediría que se la dejase crecer de nuevo, al fin y al cabo taparía aquella cicatriz que atravesaba su barbilla. Por otro lado, había recuperado su complexión atlética, pero robusta al mismo tiempo. Era pues en definitiva, una presencia que imponía, ya que juntando todo esto había que considerar su no despreciable altura.

Salió de sus cavilaciones para observar correr a su hijo junto a los otros niños ¿Como sería la hija de Abak y Freya? Se preguntó para sus adentros ¿tendría acaso el castaño pelo de su madre o el negro azabache de su padre? Ahora que pensaba en el tema, no entendía el porqué ese súbito cambio de humor de su marido? No es que se quejase, pero de todas formas le parecía muy misterioso que ocurriese así, de la noche a la mañana en una partida de caza que supuestamente, tras más 2 semanas de viaje, había vuelto con apenas 4 venados y algunas aves silvestres. Una duda e idea inquietante se formó en su mente: ¿Donde y cómo habían muerto los 3 cazadores si la cacería había sido tan poco fructífera?¿A qué se refería realmente con aquella frase con la que la saludó: “por fin se acabó”?

Picada por la curiosidad y la inquietud, empezó a buscar y preguntar a los participantes de la partida de caza sobre lo ocurrido durante el viaje: con aprensión en su corazón descubrió que, efectivamente, esa no había sido una partida de caza cualquiera, pero si no lo era…—¿Que terrible secreto esconden para que no quieras que ni yo lo sepa, Quelag?— preguntó a su dormido esposo. Siguió preguntando durante toda la tarde hasta que, cansada de obtener mentiras y evasivas, estando ya decidida a conocer la verdad, trató de echarse un farol: —Lubak, espera un momento, por favor…— El hombre se volvió con cara consternada. —Eres mi última esperanza: ni siquiera sé la verdadera razón del viaje— Continuó Sulei —Te lo suplico, tan solo dejadme saber cómo murieron mis amigos y compañeros.— Lubak dudó, pero finalmente decidió revelar la verdad, tarde o temprano iba a tener que saberse y estaba harto ya de mentir a su familia, y a todos en general —Los tres…—hizo una ligera pausa— cayeron luchando contra la tribu dirigida por Abak de forma valiente y honrosa—Dijo mirando intensamente los ojos de Sulei, totalmente impávidos—La venganza ha sido concluida.—continuó— La tribu en su totalidad y probablemente el mismo Abak junto con su hija han encontrado finalmente la muerte.— Al terminar de hablar, sintiéndose impotente ante la barbarie descrita, abrió y extendió lánguidamente los brazos, bajando además la mirada. Estuvo así unos segundos hasta que, al no percibir ninguna respuesta por parte de Sulei levantó rápidamente la vista y de nuevo observó su reacción. Ésta miraba estupefacta al hombre, completamente consternada y en estado de shock: se encontraba sin habla. Sintió sus piernas flaquear. Por la meseta se escuchó un grito de dolor que pareció querer arrancar de cuajo el alma de cualquier mortal, un grito que lamentaba la muerte. —Quelog… ¿Porqué?—Dijo finalmente mientras Lubak la mantenía de pie, tratando de impedir que desfalleciese.

Conforme trataba de mantener la consciencia y el equilibrio, Sulei pudo ver como un cuervo sobrevolaba el campamento lanzando unos graznidos que le helaron de nuevo la sangre. Mientras miraba en su dirección, apreció las negras nubes que se acercaban desde el sur: se avecinaba una tormenta.

CONTINUARÁ…

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