Cap. 2: LAMENTOS DE VENGANZA

La mañana siguiente amaneció nublada, un suave, prístino rocío cubría el valle. Desde las montañas, se oye el frío viento del norte que despertó a Abak, trayendo un olor que parecía seguir persiguiéndolo adondequiera que fuese: el olor de la muerte.

Trató de moverse, pero al hacerlo sintió un fuerte mareo que lo devolvió a la tierra, seguido por una intensa migraña que le hizo querer llevarse las manos a la cabeza. Sus músculos, sin embargo, estaban fríos: insensibles e inútiles, sin vida y sangre en ellos. Se movió torpemente, tratando de reanimar nuevamente sus extremidades. Por suerte, parecía que sus brazos, protegidos del frío tras unas ramas, aún conservaban algo de calor. Se incorporó con dificultad y, medio colgando, empezó a masajear sus piernas, notando el molesto escozor que anunciaba la vuelta de la sangre al cuerpo, recuperando paulatinamente la sensibilidad, lo que trajo de nuevo el dolor de la caída del día anterior, que parecía querer arrancarle la cabeza. Solo entonces, con el estímulo del dolor y la adrenalina empezó a mirar a su alrededor y a pensar. Se acordó inmediatamente de la niña, a la cual buscó desesperadamente, encontrándola a su lado derecho, completamente cubierta por su abrigo. Esto lo hizo reflexionar:- ¿Como he llegado aquí?, este lugar ha sido preparando para pasar la noche—Murmuró mientras colocaba a Milaina a la altura de sus ojos—¿Es acaso un milagro?- dijo mientras miraba fijamente a la niña- ¿Que deseáis de mi, dioses?, ¿Ha sido vuestra mano quien ha intercedido por mí?- gritó con los brazos en el aire, mientras lágrimas recorrían sus ojos. – Yo solo quería…- murmuró -Solo… ¡Solo a ti, maldita sea!- gritó mientras miraba con ojos tristes a la niña.

Abak la observó detenidamente y una horda de vergüenza pasó por su cara -lo siento, lo siento Milaina, los dioses no interceden por nosotros, ¿Verdad pequeña?- Dijo mientras mecía su pequeño cuerpo, tratando de acallar su llanto. Notó la mejilla de la niña fría y sin color; solo ahí empezó a pensar con claridad: -Fuego, necesito fuego-. Con lentitud y torpeza se levantó y movió hacia un claro cercano. Tan débil estaba que no notó de nuevo el olor hasta que se tropezó con algo duro, casi tirándolo al suelo. Tras recuperar precariamente el equilibrio, buscó que era lo que le había hecho tropezar; sus ojos se pararon en seco, abiertos, fijos en otros que no volverían a ver -Einmar… tú no, tú tampoco, por favor. Respira para mí, respira… -esto último lo dijo en voz baja, sin aliento, arrodillado frente a su rostro, el cual sujetaba con la mano izquierda mientras se enjugaba las lágrimas con la derecha. Nada podía hacerse, observó la palidez y frialdad del cuerpo, además de la punta de flecha que sobresalía justo en la zona del seno izquierdo. De repente se llevó ambas manos a la cabeza debido a un fuerte dolor en la nuca; notó las vendas que cubrían parte de su cabeza; abrió la boca en un gesto de revelación y miró de nuevo ojos a la mujer que yacía frente a él, su cadáver apuntaba a donde se encontraban ellos durante la noche. Todo cobró sentido en su mente, todo encajó con pasmosa velocidad y crudeza. La fogata que se veía en el claro debió de llamar la atención de sus perseguidores, que no dudaron en cometer otro crimen más.

Alrededor del cadáver y claro se veían signos de búsqueda -Me buscaban a mi…- Pensó estupefacto. Se quedó callado unos segundos tras los cuales Gritó de dolor al que ya le parecía negro bosque. Lloró el resto de la mañana con lágrimas silenciosas, calladas. Cantó de nuevo, tratando de ahogar sus penas y acunar a Milaina, pero ahora Asweida tenía sus caras, habría muerto para olvidar aunque solo fuera uno solo de los rostro de los que ya no vería, a los que no volvería una sonrisa, un llanto, querría olvidar su pelo, sus ojos…

Así pues transcurrió la mañana, avivando las brasas de la hoguera, que como su alma, se negaba a prender. Gritó y maldijo todo lo que se le ocurrió. Todo en vano, pero no podía parar, no podía morir. Tras arduos esfuerzos consiguió una pequeña llama, una que pareció devolverle algo de vida a su rostro, pero solo un poco. A los pocos minutos la hoguera prendió y calentó a los que ahora ya solo les quedaba su propia humanidad.

Entrando lentamente en calor, Abak pensó en silencio, permanecería así hasta el atardecer, solo moviéndose para arrojar leña, mecer a la criatura y hacer una mísera tumba para Einmar, aquella a la que debía la vida. Solo una sonrisa de Milaina, que jugaba con su barba pareció perturbar el ambiente, sonrisa que él no pudo corresponder, no hoy, no ahora, hoy quería olvidar. Sin embargo, cada intento de hacer tal conseguía reavivar los gritos de su tribu. Recordaba también el silencio, uno diferente al del valle: lento, pesado, sin espacio para el sonido, uno que solo existía para avivar y alimentar al mismo silencio voraz que parecía crecer, envolver y tragarse todo lo que rozaban sus finos y helados dedos.

Con la caída del sol, acompañado por el inicio del rojo atardecer que presagiaba la noche, se puso finalmente en movimiento: se desperezó con fluidos y ágiles movimientos y procedió a ocultar los restos de la hoguera con mecánica precisión. Mientras terminaba de enterrar las brasas y las cenizas, vigiló el estado de Milaina, que encontraba ahora reposo sobre su pecho, dentro del denso abrigo de piel. Abak cerró momentáneamente los ojos, sintiendo una vez más aquellos débiles latidos como propios. Dirigió una tierna mirada al plácido rostro de la niña -Nada más te hará daño mientras yo viva Milaina ¡Lo juro!-.

Una vez terminados los preparativos, ambos emprendieron de nuevo la marcha entre las oscuras sombras del bosque. El destino de aquel triste viaje parecía ser no otro sino aquel inalcanzable reino de los espíritus, aquel al que todos iremos, donde esperan todos los que alguna vez gozaron de aquel regalo efímero que es la vida, mas ellos, los ya silenciados, son recompensados con el regalo de la eternidad. Abak sintió como cada paso que los acercaba hacía revivir sentimientos atrapados allá donde antes hubo un pueblo, vida y hogar, Allá donde ahora reinaban polvo y ceniza; donde solo queda el silencio de una muerte eterna, siendo ya el único atisbo de vida los recuerdos, que tan tenazmente se negaban a desaparecer.

Poco había resistido al fuego, y lo que lo había hecho olía a quemado o estaba totalmente ennegrecido por el contacto con el mismo. Aún así, Abak consiguió encontrar un cuchillo, un hacha y varias pieles sin terminar de secar, con las que improvisó una mochila que se asemejaba más a un saco, guardando otras tantas para remiendos de ropa y mantas. Se acercó entonces a la casa del pescador, la más alejada del pueblo y por tanto la menos dañada, donde encontró aparejos de pesca, además de puntas de lanza y flecha en buen estado. Por último, cogió algunos huesos y los guardó para más tarde hacer un kit de costura para coser sus ya remendadas prendas o reparar algún utensilio.

Paseó por la aldea con paso lento, solemne, recreando cada uno de los pequeños detalles y momentos que habían hecho de ese sitio su hogar: el secador de pieles, la reserva de comida, Allá donde siempre jugaban los 6 niños pequeños de la tribu… -Te habrían caído bien, ¿Sabes Milaina?, sobre todo Baek; oh, ese niño verdaderamente era una calamidad—, dijo mientras soltaba una risotada—¡Como cuando se escapó para ir de caza con nosotros, apenas pudiendo cargar con la lanza!—Volvió a reír al rememorar la cara de su padre, con una boca tan abierta que parecía que se le había caído la mandíbula. -Luego está Eirla, siempre activa y pensando en futuras travesuras-. Rememoró la ocasión cuando dirigió un asalto a la despensa junto con los demás niños, tratando de robar algo de carne seca durante el tiempo de escasez del invierno pasado. Definitivamente había teñido madera de líder, pensó mientras miraba embobado los restos calcinados de la despensa.

Siguió recorriendo el campamento, pasando por la tienda del chamán y la artesana, experta tejedora y ceramista. Nada quedaba ya de su obra y trabajo, solo pequeños trozos de cerámica ennegrecidos, esparcidos por el suelo sin ningún patrón. Dirigió su mirada a la tienda situada a la derecha: ahí estaba, un pequeño círculo apenas reconocible de palos calcinados: su antiguo hogar. Entró por donde antes estaría la piel que hacía las veces de puerta y se sentó en el medio mientras miraba a su alrededor: ahí estaría su saco de piel, y en la pared un arco y sus lanzas de repuesto. Justo a la izquierda encontraríamos una pequeña bolsa llena de pequeños utensilios para la caza, justo encima de donde se encontraría su ropa. Rebuscó entre la ceniza para ver si algo había sobrevivido. Solo encontró su colgante, del cual colgaba una terrible y larga garra de oso.

Abak salió de su ensimismamiento y se colgó la garra con una nueva cinta de piel que cortó de su reserva. Se puso a mirar a su alrededor, tratando de imaginarse todo antes de la catástrofe, mientras lo hacía, observó un fenómeno extraño del cual no se había percatado hasta el momento: no había ni un cadáver en el campamento. Miró con estupor la hoguera, comprendiendo porqué se habían rezagado sus perseguidores: habían cremado los muertos uno por uno, de ahí el extraño olor que había notado al llegar y la razón por la que se habían quedado el suficiente tiempo para avistar la hoguera de Einmar. -Si tan solo ella estuviese viva… -. Quitó con resentimiento la vista de la hoguera, dirigiendo una última mirada a su hogar: nunca más volvería a el.

Mientras observaba, un fuerte e inevitable sentimiento de odio se apoderó del corazón y alma de Abak, una sensación que hizo que soltase una salvaje risotada hacia el horizonte, que daba los últimos rayos de luz al valle. Siguió riendo durante largo rato con el alma llena de oscuros sentimientos, era una risa que era acompañada por lágrimas que en la oscuridad de la noche parecían negras. Con esas lágrimas, junto con el Sol, se fueron esfumando toda posibilidad de perdón y piedad dentro de él, mientras ese sentimiento carcomía sus entrañas, devorando a la persona que alguna vez fue compatible y amable. Obtendría su venganza, decidió mientras la oscuridad derrotaba a la luz del valle, oh si, la tendría, vengaría todo lo que le había sido arrebatado con la furia del viento y la certeza de la misma muerte. Tan absorto estaba que tardó un buen rato en percatarse del llanto de Milaina, que, por una vez, obvió e ignoró.

Al ya ocultarse completamente el sol, Abak se irguió y regresó al claro con una renovada y siniestra calma bajo el amparo de la oscuridad. Tenía la absoluta certeza de que nadie, amigo o enemigo lo iría a buscar esa noche. Miró a Milaina, que lo observaba con una mirada angustiada, -al menos has dejado de llorar-, dijo en voz alta, con una voz grave y ronca. Desenterró las brasas y prendió de nuevo la hoguera. ¡Oh!, ¡como prendieron esta vez!, ¡Con que fuerza y gloria! En aquel extático momento, las llamas fueron la visible representación de su alma, candente, en llamas, imparable.

Tras recuperarse, fue a buscar la comida que en la mañana había detectado en su pequeño lecho tras los arbustos. Se acercó a la tumba de Einmar y besó la oscura tierra donde ahora ella descansaba: -vengaré a mi tribu, mi hogar, vengaré a Milaina… ¡Y a ti, mi amada Frey!- Con estos oscuros pensamientos cocinó el conejo: una última y opulenta cena para una última cruzada contra el mal, tal y como Asweida hizo, tal y como el destino le había encomendado. Esta era la noche del recuerdo, una noche de venganza. Durante largo tiempo maquinó mientras lágrimas negras corrían en su rostro, que a la luz de la lumbre tenía un aire espectral. Tras recuperarse, fue a buscar la comida que en la mañana había detectado en su pequeño lecho tras los arbustos. Se acercó a la tumba de Einmar y besó la oscura tierra donde ahora ella descansaba: -vengaré a mi tribu, mi hogar, vengaré a Milaina… ¡Y a ti, mi amada Frey!- Con estos oscuros pensamientos cocinó el conejo: una última y opulenta cena para una última cruzada contra el mal, tal y como Asweida hizo, tal y como el destino le había encomendado. Esta era la noche del recuerdo, una noche de venganza. Durante largo tiempo maquinó mientras lágrimas negras corrían en su rostro, que a la luz de la lumbre tenía un aire espectral. La noche devoró su humanidad lentamente, sustituyéndola finalmente por la salvaje irracionalidad de las bestias.

CONTINUARÁ…


Pablo Catalán de Ocón

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