EL VALLE DEL SOL

Capítulo 1: Un brillante amanecer

Toda mañana sucede a la noche, tal y como la dorada y fría aurora derrotó a una larga y oscura. Tal y como ocurrió antes, y como volverá a ocurrir después. Esta fue una noche para el recuerdo, una noche para olvidar. 

A lo lejos se oye el sonido del viento, de colinas y árboles, bosques y bestias que dejan atrás el sueño y sopor. Se oyen pájaros trinar, agua en cristalinos arroyos que descienden de la sierra, se oyen pisadas; pisadas de alguien que quiere pasar inadvertido, desaparecer en la cada vez más tenue oscuridad. Rayos de sol lentamente reclaman terreno cedido a la noche, acariciando con dulzura a la madre tierra y a toda criatura en ella. Esta era la primera mañana de primavera, y parecía que la naturaleza quería celebrarlo con todos los colores con los que ella contaba y creaba, con todo sonido y pigmento que se le hubiera concedido imaginar.

Es pues en esta mañanadonde se ve al halcón volar por encima del valle, donde éste capta un movimiento fugaz entre los árboles. Inmediatamente, fija en él su penetrante mirada y se prepara para dar su letal y veloz caza, pero, curiosamente,  pese al hambre y necesidad, da la vuelta y sigue buscando su suculento desayuno.

Y es que en esta dorada mañana, que parecía detener el tiempo con su belleza y luz, donde vemos a un pequeño ser que desciende lentamente de la montaña hacia el río que pasa por el centro del valle. Parece imitar a una sombra, un espectro que pasa furtivamente de un árbol a otro, mirando con miedo y atención a su alrededor, pisando cuidadosamente, sin partir una rama, sin mover un solo guijarro que pueda delatar su presencia. Este es un ser extraño, camina sobre 2 patas y apenas tiene pelo, tiene otras 2 patas que sujetan un misterioso objeto que aferra contra su pecho, este ser que parece temer la aurora no es otro que un un hombre; que, demacrado y pálido, dirige su mirada atrás por última vez: su hogar, cuyo único recuerdo de su existencia es ahora una hilera de humo gris elevándose hacia el cielo, mancillando la perfecta paleta de colores del amanecer. El hombre mira un círculo difuso de palos calcinados: antaño éstos fueron refugio, hogar y familia, mas lo único que lo acompaña esta mañana de su hogar son recuerdos que solo acentúan la intensidad del olor, un hedor que conoce muy bien: el olor de la muerte. El hombre se da la vuelta, corriendo en dirección contraria al viento. Quiere olvidar el olor, quiere que vuelva la noche.

Finalmente, Entre temblores, sollozos y lágrimas se detiene; mira a su alrededor con miedo en la mirada mientras sacude con suavidad el paquete que lleva en su regazo, ya que éste ha empezado a llorar —Que estúpido he sido— piensa mientras tranquiliza al bebé y se seca las saladas lágrimas—shhhh, calma Milaina, esta mañana tú y yo no podemos hacer ruido, hay demasiadas bestias sueltas— de forma inconsciente frunce el ceño y más lágrimas resbalan por su mejilla. Estas son de rabia y odio hacia los que se lo han quitado todo—todo menos tú— susurra mientras el bebé se duerme de nuevo acurrucándose suavemente contra su pecho.

Sin aviso, se oye un ruido agudo, este dura un instante y tras eso es sustituido por una flecha que rasga el aire con un sonido que destrozó el silencio, un ruido cuyo objetivo es provocar el eterno silencio, y precisamente con ese sonido mortal fue lo que Abak se despidió de este mundo, o eso pretendió mientras oía el suave silbido pasar rozando su antebrazo derecho, desgarrando la ropa que lo protegía del aún frío invernal. Todavía estático por el shock, miró al bebé, y susurrando suavemente su nombre empezó a correr en dirección opuesta a la que había venido el proyectil. Se oyen gritos y movimiento entre la espesa maleza; empieza la caza. 

Como si de bestia se tratase,  Abak huyó mientras trataba de pensar a la desesperada: estaba en desventaja y solo había ya un camino posible: hacia el acantilado. En frenética persecución y entre silbidos que parecían emular los de los pájaros, el sol ascendió, dando luminosidad al valle del sol, precioso espectáculo del que disfrutaría por última vez.

Tras una larga y extenuante persecución, Abak se reconocía al fin derrotado.Junto al desnudo acantilado, esperaba su final mientras a su espalda oía gritos de júbilo de sus aún invisibles perseguidores, trató de admirar el que se había convertido en un precioso día, uno por el que habría merecido vivir a la noche, pero él tan solo quería olvidar, lo único que lo mantenía vivo era ese bulto que probablemente había impedido su escape, un bulto que era una carga que entorpecía en gran medida sus movimientos.

 Abak reflexionaba en vida y muerte, en luz y oscuridad. Y mientras hacía tal con ojos cerrados dio un paso adelante mientras cantaba la única canción que sabía: era una canción de caza y leyendas, trataba de como una tribu daba caza a una misteriosa bestia mientras eran perseguidos por un descomunal oso de las cavernas que parecía sacado de los más terribles relatos. La canción ni siquiera tenía final feliz, pero ¿que otra cosa puede ofrecer a la pobre criatura? Otro paso hacia el vacío, otro paso hacia la muerte. Mientras estrofas vienen y van sin descanso, la historia parece cobrar sentido, la historia llegaba a su fin, a la heroica última carga contra el oso tras semanas de caza infructuosas. Habían encontrado la guarida del monstruo, que había resultado ser no otro que aquella bestia que les había dado caza y había eliminado a todos menos a los 2 últimos miembros de la tribu, atrapados ahora dentro de la cueva. por millonésima vez, se imaginó a Asweida, la última en pie, que da una última y desesperada carga contra el oso mientras este devora a su padre, Etnai. Con la lanza de su padre y una última brizna de esperanza, dio los pasos que habían de conducirla hasta su destino.

 Abak calló repentinamente cuando empezaba la última estrofa, pues de repente notó que él también había dado sus últimos pasos. Con una triste mueca que pretendía ser una sonrisa y con la resolución de un ser que ha perdido toda esperanza, fue a encontrarse con la cálida muerte, entregando su efímera existencia mientras caía al vacío. Todo mientras los gritos de rabia de sus perseguidores eran acogidos por el precioso y omnipresente silencio Del Valle, que pareció gobernar sobre toda criatura.

Milaina lloraba, de nuevo un sonido rompía y desafiaba al silencio, una representación del más bajo instinto de toda criatura y que parecía habérsele querido arrebatar. Lloraba la niña por la rabia de la vida, por la tristeza y miedo a la muerte. Abak yace a un metro suyo con el brazo extendido hacia ella. Un líquido rojo rojo se desliza por su mejilla y le dificulta la vista. Con voz apagada gime mientras sigue cantando el final de su canción. “Más el destino Asweida al fin encontró fuera de las garras de la muerte, junto al cuerpo de su padre, intentando reemplazar su sangre con incontables lágrimas derramadas sobre aquel que ya espera con eterna paciencia la llegada de todos los que han de venir”. Sin embargo, esta vez el grave sonido de su voz no basta. Milaina sigue con su llanto. Abak se acerca, arrastrándose penosamente, ya que no puede levantarse, agarra y comprime al pequeño ser contra su pecho con sus últimas fuerzas, tratando de transmitirle el poco calor del que aún dispone. Su piel se enfría lentamente, sin embargo, para su satisfacción y gozo, nota como la de Milaina se calienta, como su llanto mengua y finalmente calla. Mientras cae en el sopor, en un último acto de consciencia oye risas y pisadas en la lejanía.

En la quietud del bosque, a poca distancia de lo acontecido en el acantilado, se ve otra sombra que sale de su escondite lentamente. Einmar asomó la cabeza y enfiló lejos de todo sonido y movimiento que ella pudo detectar. Había escapado solo gracias a que su padre le envió por agua potable al arroyo, una casualidad que hizo que escapara de las crueles garras de la muerte que se habían cernido sobre su desdichada tribu. Ha oído los gritos y un llanto, pero no salió hasta bien entrada la tarde de su escondite, cuando ya solo escuchó el silencio del valle. Se acercó inmediatamente a la falda del acantilado, donde se encontró con la triste escena -¡Dioses míos, Abak! – conmocionada, lo observó detenidamente, éste había cubierto con su abrigo al bebé, que dormía plácidamente. Yacía quieto y pálido, con una gran herida abierta en la cabeza, ajeno a todo, luchando por cada bocanada de aire que respiraba: había perdido mucha sangre. Alrededor se veían las pisadas de los perseguidores que habían ido a comprobar la escena, los habían dejado morir de una forma lenta y dolorosa, la pequeña sin duda sería devorada por los lobos y bestias si antes no la mataba el frío y hambre, mientras que a Abak le quedaba poco tiempo -tal vez no el suficiente- pensó aterrada Einmar. Rápidamente fue a por ramas secas para encender una hoguera, encontrando en el proceso raíces curativas, que aunque desconocía su verdadero uso, recordaba haberlas visto ser utilizadas por la chamán en mejunjes y pastas que suponía eran curativas. Al llegar aplicó inmediatamente la cataplasma e improvisó una venda con algo del cuero curado de su ropa, la cual colocó rodeando la cabeza de forma que cubriese la herida. Tras acabar la curación, arrastró a Abak a un claro oculto entre la espesa maleza donde encendió una fogata. Una vez lograda la llama, Einmar, agotada tras el esfuerzo se acostó, cayendo en un sueño profundo cuando su cabeza apenas tocó el suelo.

Tras varias horas, con el sol ya descendiendo y alguna hora de luz restante, fue a buscar algo de alimento, la niña seguía dormida en el regazo de Abak, estando éste aún inconsciente. Parecía respirar de forma regular, aunque no sin esfuerzo. Einmar se dirigió al río, donde pudo observar que gracias sean dadas al sol, los atacantes no habían tocado las trampas para peces. No había sido un buen día de pesca, pero ahora que la tribu se había reducido drásticamente, el alimento les bastaría para los próximos 4 días. Sintió lágrimas en sus ojos, no había nadie, no quedaba nadie.

Tras media hora de revisar las trampas en los alrededores, regresó al acantilado con un conejo y once truchas que colocó cuidadosamente en su abrigo, todo un tesoro. A su vuelta y para su sorpresa, la chiquilla había despertado y se encontraba jugando con la espesa barba castaña de Abak con una sonrisa que Einmar parecía haber olvidado como crear. Empezó a preparar la cena mientras jugaba con la niña y mientras lo hacía, no pudo evitar fijarse en aquel hombre, al fin y al cabo, era el jefe electo de la aldea, su cara parecía estancada en un gesto de melancolía, una cara que ella estaba acostumbrada a ver sonriendo, pues su rostro era uno que merecía ser visto, aún joven, no pasaba los 25 inviernos, aunque en su angulosa cara ya se veían cicatrices y marcas que atestiguaban cada una de sus misteriosas hazañas. Por encima de las pobladas cejas negras, se apreciaba el tatuaje de un lobo, símbolo de los jefes de tribu, tenía el pelo espeso y negro como el cielo nocturno, que gustaba dejárselo largo y recogido por detrás de su cabeza en pequeñas trenzas, sus verdes ojos siempre brillantes y abiertos, ahora apagados tenían siempre una expresión decidida, enmarcada por la característica cicatriz que atravesaba su párpado derecho; tenía también una hermosa nariz, recta y de tamaño justo para no desencajar en su perfil, ciertamente un poco ancha, pero aquello no desmejoraba en nada su apariencia, bajo ella se observa el inicio de su espesa y curiosamente castaña barba, que cuidaba siempre con esmero, adornada siempre con pequeños objetos y trenzas a los laterales. Su boca, aunque apenas visible era grande y con labios algo finos, de un color rosado y que transmitían resolución cuando no aparecían en ella aquella agradable y cálida sonrisa.

Einmar siguió cocinando, alimentando primero a la pequeña, a la que meció, cantó y puso a dormir. Que ella supiese, Abak no había tenido hijos, bien es cierto que había llegado a la tribu apenas hacía unos 2 inviernos, pero aún así era demasiado pequeña para ser de antes de que aquello ocurriese, y ella conocía a cada mujer del asentamiento. Sin embargo, no reconocía a la pequeña, ni mucho menos sus rasgos; una chica rubia y con unos labios finos que parecían asemejarse a los suyos, a partir de ahí se acababan las diferencias, esta tenía una nariz y cejas finas y perfiladas por encima de unos grandes ojos que eran verdes como el valle silencioso. Mientras seguía cavilando, trituró una trucha y dio de comer a Abak, comiéndose ella misma otra trucha en el proceso-¿Quien eres realmente?- preguntó a aquel misterioso hombre que yacía a su lado.

Al acabar de cenar y dejar listos los preparativos para la noche, decidió ocultar a Abak y a la niña entre unos setos cercanos para que conservasen algo de calor y se ocultasen de las bestias que pulularan el valle. Tras completar esto, Einmar fue en silencio al claro a apagar el fuego, todo mientras reflexionaba. Cual fue su sorpresa y no menor espanto cuando, entrando en el círculo de luz una oscura flecha salida de la nada se clavaba profundamente dentro de su pecho. Calló pesadamente sobre sus rodillas y luego sobre su abdomen, partiendo la flecha. Se arrastró con gran esfuerzo unos metros en dirección al escondite mientras oía las crueles carcajadas detrás suyo. Einmar levantó la vista por última vez—Abak…— susurró a la noche, que parecía querer acelerar su paso a la oscuridad.

CONTINUARÁ…

Pablo Catalán de Ocón

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